“El panu” cruzó la puerta y se interpuso entre los cañones de los rifles de los agentes federales y Ovidio Guzmán aquel 17 de octubre 2019, en aquella detención fallida de “El Ratón”; acostumbrado quizás a las tensiones, se le miraba tranquilo, “Ellos no tienen nada que ver” decía Ovidio pero fue sometido junto a otro hombre, el objetivo no era “El Panu”, era su jefe, esa lealtad le ayudo a subir niveles importantes en el cartel de Sinaloa y convertirse en uno de los hombres más cercanos a “Los Guzmán”, tras la Caída del “Nini” y “La Perris”…
La cena interrumpida
Ahí, frente a su esposa, sus hijos y su madre, Óscar Noé Medina González —conocido en el mundo criminal como El Panu— fue ejecutado a sangre fría, sellando su historia no en la clandestinidad de la sierra, o Culiacán que fue su terreno protección e impunidad por muchos años, sino en una mesa familiar, bajo las luces de uno de los corredores más concurridos de la capital.
La noche del domingo 21 de diciembre transcurría con normalidad en la calle Niza, en la Zona Rosa de la Ciudad de México. En el restaurante Luaú, el murmullo de las conversaciones y el tintinear de los cubiertos acompañaban una cena familiar que parecía ajena a cualquier amenaza. En una de las mesas, Óscar Noé Medina González —para muchos, solo “El Panu”— compartía alimentos con su esposa, sus hijos, su madre y algunos familiares más. Era una escena doméstica, casi cotidiana. Minutos después, el lugar se convertiría en escenario de una ejecución.
“El Panu” había llegado a la capital dos días antes, procedente de Mazatlán. Alquiló dos departamentos tipo Airbnb: uno para él y otro para su madre, con la intención de pasar la Navidad en familia. Durante el domingo la llevó a misa; más tarde, decidió cerrar el día con una cena. Nada indicaba que esas serían sus últimas horas.
Pero Medina González no era un comensal cualquiera. Era el jefe de seguridad de Los Chapitos, uno de los hombres más cercanos al núcleo duro del Cártel de Sinaloa. Estados Unidos lo buscaba con insistencia: sobre su cabeza pesaba una recompensa de cuatro millones de dólares ofrecida por la DEA. Aun así, se movía con soltura por zonas exclusivas de la capital. Meses atrás había sido visto en Polanco, realizando compras en tiendas de lujo. La clandestinidad parecía no incomodarlo.
El ataque
Alrededor de las nueve de la noche, dos hombres ingresaron al restaurante. Uno de ellos —robusto, con gorra colocada hacia atrás y el rostro cubierto— caminó directo a la mesa. No habló. No dudó. Disparó al menos 12 veces. Los impactos alcanzaron rostro, pecho, espalda, nuca y brazos de “El Panu”. La ejecución fue fulminante.
El agresor salió caminando del local, se dirigió hacia Paseo de la Reforma y huyó a bordo de una motocicleta. Todo quedó registrado por cámaras de seguridad: la llegada, la ejecución y la fuga. En el suelo quedaron casquillos calibre 9 milímetros y un cargador. La escena, minutos después, era de confusión y silencio forzado.
Elementos de la Secretaría de Seguridad Ciudadana y de la Fiscalía General de Justicia de la Ciudad de México acordonaron el área e iniciaron las diligencias. Sin embargo, las primeras horas estuvieron marcadas por la incertidumbre: no había documentos, ni identificaciones. La esposa del fallecido declaró que el hombre asesinado era “Óscar Ruiz”, supuesto empresario hotelero de Mazatlán. Incluso aseguró desconocer a qué se dedicaba realmente.
Más tarde se sabría que las pertenencias del occiso fueron retiradas antes de la llegada de las autoridades.
La identidad
Fue hasta horas después cuando la verdad emergió. Guadalupe González, su madre, acudió ante el Ministerio Público y lo identificó como Óscar Noé Medina González. Dijo desconocer sus actividades delictivas; afirmó que se dedicaba a la crianza de animales en Durango. La confirmación cerró el círculo: el hombre abatido en plena Zona Rosa era uno de los operadores criminales más buscados por Estados Unidos.
Medina González era considerado pieza clave de Iván Archivaldo Guzmán Salazar. Tras la captura de “El Nini”, y el abatimiento de “Las Perris”; “El Panu” asumió el control de la seguridad del grupo. Su historial incluía tráfico de cocaína, heroína, metanfetamina y marihuana, lavado de dinero y coordinación de operaciones de fentanilo. También se le atribuían episodios de violencia de alto impacto, como el “Culiacanazo” de 2019 y ataques simultáneos en Ciudad Juárez en 2022.
Su nombre figuraba en la lista negra del Departamento del Tesoro de Estados Unidos y era mencionado en narcocorridos, símbolo de su peso dentro de la estructura criminal.
El final
La ejecución de “El Panu” no ocurrió en una sierra ni en un enfrentamiento armado, sino en una mesa familiar, en uno de los corredores turísticos más vigilados del país. La escena resume una paradoja: un hombre perseguido internacionalmente, con recompensa millonaria, se sentía lo suficientemente seguro como para cenar con su familia en el corazón de la capital.
La violencia lo alcanzó sin previo aviso. Y, como suele ocurrir en estas historias, la noche siguió su curso en la Zona Rosa, mientras una silla vacía marcaba el abrupto final de una vida ligada al poder criminal y a la muerte.
A diferencia en Sinaloa territorio del Cártel de Sinaloa, se vive un recrudecimiento de la violencia, con homicidios directos entre miembros de ambos bandos, carros, casas y negocios vandalizados han marcado las jornadas violentas de estos días previos a una Navidad que se vislumbra complicada, para la tierra de uno de los cárteles más poderosos del mundo, el de Sinaloa.