La historia de un joven mexicano que dejó de delinquir para enseñar a tejer

El INEGI estimó que en 2016 había 1.913 adolescentes en Centros de Tratamiento para Adolescentes y 5.486 que cumplían sanciones alternativas a la prisión

Por Redacción TVP

La historia de un joven mexicano que dejó de delinquir para enseñar a tejer
¿Qué tanto nuestras decisiones nos van acorralando y nos llevan al punto en el que estamos? Eso se pregunta a menudo Daniel, alguien que tiene preocupaciones muy distintas que las que predominan en la gente de su edad.

Con tan solo 24 años, Daniel ha aprendido que el pasado no lo define, que todos tienen tropiezos y que no queda más que levantarse. Eso lo sabe, pero no deja de ser difícil para él mantenerse en el que camino que se ha trazado.

Daniel, cuyo nombre fue cambiado para cuidar su identidad, creció en Tepito, el llamado barrio bravo de la colonia Morelos de la capital mexicana. A diferencia de otros chicos de la zona, la madre de Daniel siempre estuvo presente, al grado que él sentía que no encajaba en su círculo por ser el "hijo de mami". Ahí la expectativa que reinaba era que tenía que ser "maleante, desmadroso, rebelde", cuenta.



Con la entrada a la secundaria a los 12 años, la necesidad de ser visto y sentirse pertenecido fue creciendo hasta que Daniel finalmente cambió y se acopló a los modelos que veía. El joven comenzó contestándole a los maestros para hacerse notar, después trasladó su actitud rebelde a su círculo más cercano, hasta que —admite— "una cosa llevó a la otra".

El camino de Daniel

Daniel tiene el cabello negro, corto en los lados pero con unos rizos que tapan su frente, usa lentes circulares como los de John Lennon y viste una camisa de cuadros blanca con gris que está cerrada hasta el último botón posible, combinada con un pantalón azul y unos tenis blancos. Todo luce impecable.

Cuando habla, centra la mirada hacia el horizonte, apenas parpadea, elige las palabras convenientes y parece que siempre se esfuerza para mantenerse en absoluto control de sí mismo, quizá para alejarse de aquella faceta que no quiere repetir.

Desde las oficinas de la Fundación Reintegra, una organización de la sociedad civil que asegura que 96 % de los jóvenes que pasan por sus programas no cometen ningún delito durante el año de tratamiento, Daniel cuenta que comenzó a consumir drogas para sentirse adaptado y luego empezó a delinquir con amigos del barrio.

"Comencé consumiendo droga, después asaltando", dice el joven, y tras guardar un largo silencio, concluye: "luego fue secuestrando y vendiendo droga".

El sentido de pertenencia

Por sus delitos, Daniel ingresó a centros para menores en dos ocasiones —la primera vez pasó 6 meses y la segunda 1 año — y por eso cree que pagó lo que debía. Sobre su tiempo en prisión, el joven cuenta poco, quizá porque lo más relevante es que se unió aún más a su madre, conoció a Reintegra y encontró el tejido, una actividad que realizan muchos de los recluidos y que, en su caso, acabaría por darle lo que buscaba.

"El tejido me brindó pertenencia pero sin necesidad de robar ni dañar a las personas", dice Daniel mirando fijamente.



El joven, que reconoce que le cuesta mucho socializar y hacer amigos, de pronto se insufla de confianza cuando dice que tiene "un alma de artista".

"Me gusta creer que tengo un alma de artista y me encanta tejer. Soy uno de los mejores tanto afuera como adentro (de prisión), entonces, a pesar de que no robe, a pesar de cómo me vea, me dicen 'tejes muy cabrón, tejes muy chingón (muy bien)'", narra Daniel.

"Tiene una de las mejores técnicas", lo interrumpe Jimena Cándano, directora de la Fundación Reintegra, quien explica que el tejido funciona con los jóvenes porque a través de ese ejercicio pueden tratar con sus emociones y sentimientos, entenderse y transformar un sentimiento negativo en algo positivo o, al menos, bello.

Jóvenes en prisión

El último censo del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) estimaba que en 2016 había 1.913 adolescentes en Centros de Tratamiento o Internamiento para Adolescentes y 5.486 que cumplían sanciones alternativas a la prisión.

Pero antes de cometer el delito, hay contextos de vulnerabilidad que persiguen en cada momento de su vida a jóvenes como Daniel.

"Las políticas criminológicas de los países avanzados a lo que apuestan es a apoyar precisamente a la primera infancia y eso es lo que me encontré: una serie de deficiencias, porque se les niega una cantidad enorme de derechos", dice Elena Azaola, investigadora del Centro de Investigación y Estudios Superiores en Antropología Social (CIESAS), que ha dedicado gran parte de su vida a estudiar las cárceles mexicanas y sobre todo los contextos en los que crecen los jóvenes y adultos en conflicto con la ley.

Con una crisis de homicidios sin precedentes en la historia moderna del país, millones de niños y jóvenes en México crecen rodeados de violencias: en la casa, en la escuela, en el barrio en el que viven y en las calles.

En su Informe Especial "Adolescentes: Vulnerabilidad y Violencia", Azaola recogió testimonios de una quinta parte de los adolescentes en prisión por delitos graves, y los hallazgos retratan de cuerpo entero los contextos de vulnerabilidad en los que crecieron.

El 87 % había trabajado en condiciones precarias y con bajos salarios.
El 37 % trabajó antes de los 12 años.
El 53 % señaló que no le gustaba la escuela y el 33 % mencionó que en su casa no lo ayudaban con sus tareas.
El 51 % dijo que huyeron de sus casas por problemas, algunos de manera temporal.
El 22 % reconoció que nunca conoció a su padre. El 40 % sufrió golpes de pequeños, el 34 % recibió de chico insultos, humillaciones y burlas, y el 12 % sufrió abuso sexual.

"¿Qué tenemos? Una cantidad de niños que no han podido ser bien cuidados, bien protegidos, bien orientados", explica Azaola en entrevista con este medio, destacando que el problema es complejo y que toca hacer políticas públicas que los atiendan en la familia, la escuela, la comunidad, entre otros ámbitos.

Sobre si esos niños en conflicto con la ley se pueden reinsertar en sociedad, la investigadora tiene una respuesta contundente: "Claro que se puede si tú les das la atención que necesitan, una atención super especializada, apropiada, que exista el contexto familiar y social, que los ayuden a seguir adelante".



El largo proceso

A falta de una política de Estado que intervenga efectivamente en la vida de los niños, jóvenes y adolescentes, lugares como Reintegra acompañan cada año a cientos en su proceso de reinserción social. Para lograrlo, los apoyan en sus estudios, en su desarrollo laboral, con terapias individuales y grupales, desintoxicación y actividades artísticas, como teatro o tejido.

Quizá el éxito radica en que muchas de las actividades están pensadas para que los jóvenes se den cuenta de que "son capaces de construir un proyecto de vida", cuenta Jimena. Para la directora de la Fundación, el reto es que algún día Reintegra sea dirigida en su totalidad "por gente como Daniel".


A sus 24 años, Daniel evita salir con amigos, principalmente con uno que siempre lo hizo sentir poderoso y que le enseñó el camino hacia el mundo criminal. Su miedo principal es tirar por la borda lo que ha construido, menos ahora, que dirige el taller de tejido en Reintegra y que es un ejemplo para los jóvenes que están en proceso de reinserción social.

A sus aprendices, les ha enseñado una lección que él mismo se repite a diario: "Lo que hayas hecho no te va a definir como persona, eres una persona que se está desarrollando, que está trabajando y que parte de la vida es tropezar y seguirse levantando".

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